La violencia de los políticos
Amigos, hoy hemos desayunado con la valoración que los políticos hacen
de los acontecimientos de ayer en España. Se habla de violencia del
movimiento de los indignados y se habla de golpe de estado encubierto
(expresión utilizada por el diputado de CiU Jordi Turull). Resulta
bochornoso que todo lo que el M-15 ha desatado en este país intente ser
condenado por el aparato propagandístico del Régimen (los periódicos, las
tertulias de bienpensantes, el pensamiento políticamente correctos) para
dar carpetazo a la atinada y radical crítica que ha originado los
campamentos, las movilizaciones, las lecciones políticas que jóvenes y no
tan jóvenes han protagonizado estas semanas pasadas.
Indignado, a mí vez, por el oportunismo de la clase política y sus medios
de comunicación esta mañana, he escrito una breve reflexión que les
comparto, con el deseo de que sean indulgentes ante mi atrevimiento (una
vez más).
LA VIOLENCIA DE LOS POLÍTICOS
Cuando alguien sabe que no podrá dar a sus hijos lo que necesita cualquier
niño para desarrollarse sano y feliz. Cuando alguien duda de que pueda
pagar la hipoteca o el alquiler de la casa que habita, y sabe que será
desalojado de la misma. Cuando una persona de 20 años no encuentra
trabajo, o una de 50 es despedido y sabe que su vida laboral ha terminado.
Cuando alguna de estas situaciones, o todas ellas, se producen, entonces
se está ejerciendo una terrible violencia contra esas personas. Una
violencia sancionada por la Ley que dictan Sus Señorías.
Sus Señorías… Cuando unas cuantas personas se reúnen a puerta cerrada y
deciden acerca del destino de todo un país, sin que los afectados puedan
hacer nada más que esperar cuatro años para votar; entonces podemos decir
que se ejerce la violencia política.
Violencia política es la completa impunidad de los políticos profesionales
para beneficiar a los más poderosos (la banca, las grandes empresas
prestadoras de servicios que una vez fueron públicos, las constructoras e
inmobiliarias) y perjudicar al resto de la población.
Cuando los políticos profesionales se reúnen a comer o cenar en lujosos y
discretos restaurantes con representantes de las empresas de telefonía
móvil, farmacéuticas o la SGAE y toman decisiones que después aplican a
todos los ciudadanos, eso es violencia política. Es violento porque no hay
nadie allí presente para verificar los términos de la transacción que se
lleva a cabo, los intereses corporativos y personales que motivan las
decisiones, y que en el Parlamento (o Parlament, o Consell, o Pleno) se
disfrazan de necesidad política y económica “para preservar los derechos
de los ciudadanos y el interés común”.
Cuando las palabras dichas en el Foro Público no valen nada, entonces hay
violencia. Son palabras inocuas que ocultan hechos violentos. Los
parlamentarios, consejeros y concejales tienen el poder de ordenar
nuestras vidas. Cuando su palabra es ley y ellos mienten, esconden los
intereses de los poderosos y sus propios intereses tras el discurso del
interés común, eso es violencia, una violencia brutal, contra la que nada
podemos hacer, según las normas del juego que ellos mismos sancionan.
Violencia es cuando 300 señorías se sientan en sus escaños y deciden sin
más debate que el de “quítate tú para ponerme yo” acerca de la vida de
millones de personas. Ellos creen que debe ser así, y no pueden entender
que varios miles de personas les impidan hacerlo durante un día.
Tras los acosos de que son víctimas por parte de algunos indignados, los
políticos profesionales de este país han comenzado a clamar contra la
violencia. Hasta se ha llegado a hablar de golpe de estado encubierto.
La verdadera violencia es recortar un 10% el gasto público en Cataluña, o
cualquier otro porcentaje o en cualquier otra parte del país. Es violento
dejar a la gente sin una sanidad y una educación públicas de calidad. Es
violento obligar a los ciudadanos a pagar a empresas privadas para que sus
hijos reciban una buena educación y tenga una buena salud.
Es sumamente violento recortar las prestaciones sociales de los
trabajadores desempleados. Cada mañana, delante del espejo o de una taza
de café, una persona en paro tiene miedo, es objeto de una violencia
brutal que le impide vivir con dignidad. Esa violencia, le dicen al
parado, es anónima. Pero no lo es. Tiene nombres y apellidos: los de la
nómina del Congreso de los Diputados o del Parlament Catalán.
El verdadero golpe de estado es el que dieron en la Transición los poderes
que hoy, imperceptiblemente y tras la mascarada de la democracia, nos
gobiernan realmente. Los sucesivos gobiernos de Felipe González, Aznar y
Zapatero encumbraron y consolidaron el poder del dinero, vendieron las
empresas públicas, crearon oligopolios y fundaron imperios trasnacionales
a partir de lo que era de todos los españoles. Privatizaron el país. A eso
lo llamo yo robo. No es un robo con violencia tal y como lo define el
derecho penal. Se trata de una violencia mucho más tenaz.
Porque los ciudadanos estamos inermes ante ella. El Tribunal
Constitucional, que está en manos de los partidos políticos, ha sentado
hace tiempo que los derechos económicos, sociales y culturales no vinculan
a los poderes públicos. Que el derecho a la vivienda, a la salud, a la
educación o al trabajo, no pueden ser exigidos ante el Poder Judicial, y
que su realización depende de la voluntad de los políticos elegidos
democráticamente. Lo cual es tanto como decir que depende de las
negociaciones que nuestros representantes corruptos realizan con Endesa,
Sanitas, Florentino Pérez o la Iglesia Católica.
A eso lo llamo yo violencia.
Es una violencia mucho más deshonesta que la que algunos indignados
ejercieron frente al Parlament. La violencia de unos pocos de esos
indignados es condenable y parece fruto de la impotencia, del abuso, de
lo absoluto que resulta el poder político. Eso si, como sugieren los
portavoces del M-15, no se trata de una provocación externa al propio
movimiento.
Pero la violencia que ejercen los poderosos económicos y sus Señorías es
una violencia mucho más antigua. Es la violencia primigenia por la que un
componente de la antigua tribu igualitaria se apropia de una parte del
territorio que disfrutan todos y la pone a su exclusivo servicio. Al cabo
de un tiempo, quienes antes usaban libremente de los bienes de la tierra,
deben trabajar para el nuevo dueño si quieren comer, beber y pasear por la
tierra que no era de nadie, que era de todos. ¿Cómo pudo aquel antepasado
violento cometer ese robo, ejercer esa violencia impunemente sobre sus
congéneres ya desiguales? Porque ostentaba el poder político, o quienes lo
oficiaban recibían prebendas del usurpador.
.
¿Les suena de algo? Nuestra democracia es sólo un disfraz de la violencia.
O una forma de violencia implacable: los políticos la ejercen con la
legitimidad de las urnas. “Yo ejerzo la violencia legítimamente, luego tú
debes callar y aceptar. Las cosas son así”.
La verdadera democracia, la verdadera legitimidad, nace de saber que todas
las personas verán realizados su derecho a una vida digna. Eso significa
que cuando sus Señorías deciden acerca de nuestras vidas, todos y cada uno
de los ciudadanos podemos contradecirles, en las instancias de decisión,
en los tribunales (el Constitucional debe ser un Tribunal de todos y para
todos) o en la calle.
El enfado ante lo que ocurre no debería ser calificado como “violencia”
por los violentos que nos gobiernan. Pero ellos tienen miedo. No temen que
los indignados violentos vayan a hacerles algún mal físico. En realidad,
nadie (más allá de una puntual obnubilación) les desea ningún mal. Y ellos
lo saben.
Lo que temen los políticos profesionales es que la gente despierte, que
exija una verdadera democracia. Que se les acabe el chollo. Que por fin,
después de 35 años de mascarada, la violencia política sea sustituida por
una verdadera democracia. Ellos querrían que siguiéramos jugando al juego
en que siempre ganan, donde ponen las normas y hacen las trampas. Pero eso
no va a ser posible por mucho más tiempo.
CARLOS DEOCÓN

Por lo que he visto esta mañana desayunando, ninguno de estos señores ha entendido nada. Intentan eclipsar un movimiento en el que se manifiestan más de 400.000 personas con la actuación “violenta” hace una semana de 10 personas. Son como niños de guardería, en serio…
Yo ni he desayunado. No sólo no entienden nada , es que no lo quieren entender. Siguen con sus esquemas de reparto de “poder” sin entender que el poder ya no lo tienen ellos: lo tienen los mercados y lo tenemos nosotros . Unos frente a los otros. Ellos no son mas que un estorbo para nosotros
bravo
¡Esto es periodismo y lo demás “desinformación”….!
Se puede decir más alto, pero no más claro…, pero siempre demostrando que la violencia, la de verdad, es de ellos… ¡qué revisen sus conciencias!
Gracias por auspiciar la esperanza… ¡sigamos camino!
No hay peor violencia que la de los medios, que nos condenan a la desinformación y el aborregamiento permanentes. Por eso son tan importantes las colaboraciones anónimas en inesperadas que consiguen colarse en esos medios. Como esta, de Jorge en RNE:
http://desdemiposadero.blogspot.com/2011/06/gracias-jorge-redefinicion-de-violencia.html